miércoles, 28 de marzo de 2012

Sábado noche.

 Se prepara una noche más de alcohol, locuras, exaltaciones de amistad, y desenfreno. En algunos casos de sexo salvaje y en otros de amor irracional. Crees comerte el mundo, pretendes volver de madrugada, incluso a la salida del sol, con los tacones en la mano, rotos de tanto baile. Y en una simple noche tienes tiempo de demasiadas cosas, de reír y llorar, de emborracharte hasta no ver y de conocer a tanta gente que incluso uno de ellos puede que llegue el día en el que no puedas vivir sin él o ella. También se trata de reencuentros, algunos más agradables que otros, gente que deseabas con todas tus ganas ver, que lo único que logras hacer cuando está a tu lado es abrazarle y besarle, y otras que, en cambio, quieres ver pero te desilusionan, actúan justo como no les recordabas, que van quemando más y más tu recuerdo sobre su persona con cada acto y palabra, gente a quien no logras reconocer, y duele. Y es entre la mezcla explosiva del alcohol y de las emociones lo que crea ese estado indescriptible, que llega el punto en el que una noche puede ser más que una noche, y una persona, puede llegar a ser mucho más que eso, lo que aumenta tu embriaguez y provoca que tu pensamiento se dispare, que no hagas más que pensar en ese cambio y que recuerdes lo mucho que le quieres.

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