martes, 5 de julio de 2011

ni tú misma sabes quien eres...


Siéndome sincera, hoy no ha sido un buen día. Uno de esos que llueve en la calle, y también bajo tu techo, de los que necesitas solo un paquete de clinex para sobrevivir, tumbarte en el sofá o en tu cama, ponerte una canción una vez tras otra, una de las que parecen que hablan de ti. Recordarlo todo, sentir que cada segundo, cada sonrisa y cada abrazo se han convertido en polvo, que ni tú misma sabes quien eres. Que esperas que nunca olvide que le quieres, pero que no tienes más remedio que olvidar, que todavía le quieres aunque, ya no le esperas, pues ya no le necesitas, aunque fuese a quien amaste infinito. Decides levantarte abrir la nevera, sacar una botella de vino, derramarlo sobre la copa y que eso invada un poco el silencio, el mismo que quedo cuando se dio la vuelta y se fue. Vuelves a tu sofá con la copa en una mano y una botella en otra, con total decisión a ahogar tus penas en un vacío, en un charco rojizo. Poco a poco va pasando el tiempo y la botella se va acabando, y estás exactamente igual que al principio pero con un ligero cosquilleo en la cabeza. Miras un rato por la ventana, con vergüenza de que alguien vea los ropajes viejos que llevas, y ensimismada por la lluvia comienzas a llorar, otra vez. Necesitas solo recuperar toda aquella confianza en las personas, que el rioja que se encuentra en tu mano te acompañe únicamente en cenas y comidas de familia o amigos, decirle que le añoras, pero que lo superaste, dejar de recordar aquel beso, el primero, afirmar que te encuentras bien y conciliar el sueño. Comienzas a ver fotografías de viejos tiempos, con ella, con ellas, con él, con todos. Extrañas viejos tiempos, que siempre fueron mejores, lamentas por ello errores, causas y perdones, no haber sonreído en algún momento, o no haber sabido demostrarlo todo. Una vez acaba la botella, y las fotos, vuelves al sofá, cierras los ojos, y no te queda más que dormir.

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